Panorama dantesco en las calles de Puerto Príncipe

A 48 horas del poderoso sismo que redujo a ruinas a esta capital haitiana, en las calles apenas se escuchan unos tímidos susurros, ahogados por el estruendo de las máquinas excavadoras y los vehículos que circulan lentamente debido a que muchas de las avenidas que conducen al centro de la ciudad siguen bloqueadas..

Viernes, 01.15.10 – 16:15 horas

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Jocelyne Castor, una joven de 23 años, buscaba la ayuda de un periodista extranjero en el Hospital Universitaire de la Paix en esta ciudad.

Entre el mal inglés de ella y el poco francés del reportero de El Nuevo Herald trataban de comunicarse.

“Necesito que alguien atienda a mi hijo”, parecía decir Castor, sin lágrimas en los ojos y aparentemente incapaz de expresar emoción alguna.

Cuando se le ofreció buscar a un médico, negó con la cabeza y explicó lo que quería con una pasmosa serenidad: que el reportero llevara a la morgue a su pequeño Charles, de 4 años, quien acababa de morir, para evitar que fuera enterrado en una fosa común.

La estoica aceptación de Castor ante su tragedia no excepcional.

En Puerto Príncipe, el llanto y los lamentos de los días anteriores se han ido apagando bajo un pesado manto de resignación que cubre la ciudad como el polvo de sus escombros.

A 48 horas del poderoso sismo que redujo a ruinas a esta capital haitiana, en las calles apenas se escuchan unos tímidos susurros, ahogados por el estruendo de las máquinas excavadoras y los vehículos que circulan lentamente debido a que muchas de las avenidas que conducen al centro de la ciudad siguen bloqueadas.

Esa resignación la han visto millones de televidentes estadounidenses en el rostro de una niña de 11 años que permanece atrapada, desde la tarde del martes, bajo una mole de cemento y varillas de un barrio residencial de la ciudad.

La niña, que sólo se queja esporádicamente pese que su brazo está atrapado y posiblemente triturado por una de las paredes del edificio, recibe alimentos y agua de un grupo de impotentes voluntarios que han despejado de escombros los alrederores con masos y palas. Del lado de la menor, los hombres removieron el cadáver de uno de sus familiares.

La otra sensación que comparten muchos de los habitantes es la de una ciudad sin gobierno.

“Desde que ocurrió el terremoto, no ha habido una sola declaración al pueblo por parte de nuestros dirigentes. De acuerdo, ellos también se han visto afectados por esta catástrofe pero hubieran podido decir algo”, dijo Valentin, un funcionario del ministerio de Finanzas, a la Agence France Press.

Mientras los primeros aviones con ayuda internacional aterrizaban en un aeropuerto que quedó bajo control de fuerzas especiales de Estados Unidos en la noche del jueves, la Cruz Roja informaba desde Ginebra que los muertos por el terremoto podrían sumar entre 45,000 y 50,000, según el vocero de la organización, Jean-Luc Martinage.

“Lo he perdido todo. Mi marido, cuatro hijos y lo poco que teníamos”, dijo con voz opacada Sylvie Berger, quien explicó que se dirigía al norte del país con su pequeña Marie, de 6 años, la única que sobrevivió al derrumbe de su vivienda.

Como Berger, miles han abandonado la ciudad con sus pocas pertenencias al hombro y rostros inexpresivos. A la vez, otros miles caminan en sentido contrario hacia las zonas más afectadas en busca de sus familiares desaparecidos.

La interminable caravana en ambos sentidos sólo se detiene en ocasiones, cuando llama su atención el ulular de una sirena y la frenética carrera de alguna camioneta que, con escolta policial, se abre paso entre el tráfico transportando tres, cuatro, cinco o seis cadáveres hacia la morgue.

Médicos Sin Fronteras atendía a los heridos en dos hospitales que soportaron el terremoto y estableció clínicas en tiendas de campaña en otras partes de la capital para remplazar sus destruidas instalaciones. Cuba, que ya tenía a centenares de médicos en el país, atendía a heridos en tiendas de campaña.

Antes de que algunos de los perros rastreadores llegaran del exterior, los vecinos buscaban a los muertos guiándose por el hedor. Entonces, iniciaban la excavación con sus propias manos y herramientas rudimentarias.

“Más de cien personas quedaron sepultadas aquí”, afirmó a la Agencia France Presss, Beauzier Louis, estudiante de Medicina que desde el miércoles intenta rescatar a las enfermeras enterradas en la escuela donde estudiaban.

La morgue es quizás el sitio más dantesco de esta tragedia.

En cuestión de horas, después del amanecer, el patio del lugar quedó virtualmente cubierto de cadáveres envueltos en sábanas y plásticos que familiares y voluntarios fueron dejando allí, ante la imposibilidad de ponerlos en un depósito que ya estaba colmado.

Por las calles de la ciudad se veía a personas llevando a heridos y muertos sobre puertas convertidas en camillas o arrastrándolos bajo temperaturas de 81 grados Fahrenheit.

“Esto es mucho peor que un huracán”, dijo Jimitre Coquillon, un asistente médico que trabajaba en un improvisado centro de ayuda en el estacionamiento de un hotel. “No hay agua, no hay nada. La gente se va a morir de sed”.

La gran cantidad de cadáveres en franco proceso de descomposición enfrentó a las autoridades a una decisión dolorosa pero inminente, ante la posibilidad de la proliferación de epidemias: la construcción de fosas comunes.

“No hay manera de cavar 50,000 tumbas”, dijo Thomas Ewald, jefe de una unidad élite de búsqueda que llegó a Haití el jueves.

Se calcula que ya se han enterrado 7,000 víctimas. Algunos familiares se negaban a entregar los cadáveres porque insistían en someterlos a los ritos de Vodou, una religión sincrética generalizada en esta isla.

Conforme se reduce la distancia respecto al centro de Puerto Príncipe, los efectos del terremoto son cada vez más visibles. En la periferia de la ciudad los daños se limitan a bardas caídas y algunos comercios cuyas fachadas se vinieron al suelo. Pero un par de millas adentro, el drama golpea en el rostro a los recién llegados con toda su crudeza.

Una casa tras otra reducida a trozos de bloque y varillas retorcidas. Una escuela aquí, un hospital allá. Hasta la comisaría de policía del barrio de Delmas, uno de los más populosos de la capital, cayó como fulminada.

Durante varias horas la ayuda internacional parecía amenazada por la saturación de vuelos que pedían autorización para aterrizar en la única pista del aeropuerto Toussaint Louverture y la afluencia de extranjeros que querían abandonar el país.

“No es posible que Estados Unidos sea incapaz de velar por los intereses de sus ciudadanos”, dijo Mark van Reesen, un misionero de Iowa quien realizaba labores humanitarias en Haití y quería salir del país.

Un funcionario de la embajada estadounidense, quien pidió no ser identificado y que trataba de calmar los ánimos de la multitud, explicó a El Nuevo Herald que el jueves saldrían unas 140 personas con destino a Santo Domingo, pero que los recursos seguían siendo limitados.

“Estamos haciendo todo lo posible, pero desafortunadamente no hay vuelos comerciales y sólo tenemos cierto espacio disponible en un par de aviones militares”, señaló el funcionario.

Al anochecer, el gobierno de Estados Unidos informó que el Comando de Operaciones Especiales Hurlburt de la Fuerza Aérea de Estados Unidos se hizo cargo del control de operaciones de la terminal aérea.

“Tomamos la responsabilidad del control aéreo. Tenemos mucho personal que ayuda en las cargas y las descargas”, declaró el portavoz, Philip Crowley.

Según el vocero, el aeropuerto funcionará las 24 horas.

“La malo a es que es un aeropuerto pequeño muy limitado, con una sola pista y poco espacio”, agregó.

En el Hospital Universitaire, uno de los pocos que siguen operando, decenas de heridos buscan acomodo en el patio frontal de la institución a la espera de ser atendidos.

No se escucha un solo quejido por el dolor de una pierna rota o un brazo lacerado, ni la airada protesta de los familiares porque sus seres queridos no reciben la asistencia que requieren. Sólo miradas perdidas, ceños fruncidos y un silente dolor más penetrante que el hedor de los cadáveres que, a sólo 10 metros, son arrojados a la parte trasera de un enorme camión para ser trasladados a la morgue.

Ahí, entre esas personas que pueblan el patio del hospital, murió el pequeño Charles, entre los brazos de su madre.

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