Comienza el despliegue de los marines en Haití

La población recibe a los militares norteamericanos con la esperanza de que acelerarán la distribución de ayuda  |  Críticas a la misión de la ONU por su falta de eficacia  |  Más de 70.000 cadáveres han sido enterrados en fosas comunes.

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JOAQUIM IBARZ | PUERTO PRINCIPE (ENVIADO ESPECIAL) | 19/01/2010 a las 00:49h |

“Bienvenidos US marines, necesitamos vuestra ayuda”. Es uno de los carteles que se leen por Puerto Príncipe, saludando a los rangers y marines estadounidenses que han empezado a patrullar las calles de la capital haitiana. No los reciben como invasores, como parece sugerir un ministro francés, sino como gestores que podrían destrabar la paralizada distribución de la ayuda humanitaria. Con prudencia, como reconociendo el terreno, los militares norteamericanos han comenzado a hacer acto de presencia. De momento, ya hay 5.000 en Puerto Príncipe (1.700 ya han desembarcado y otros 3.300 se encuentran en el barco USS Carl Vinson atracado en el puerto). La población los recibe como agua de mayo porque, a pesar del comentario intempestivo del ministro francés de Cooperación, Alain Joyandet, sobre que “se trata de ayudar a Haití y no de ocupar Haití”, por el fracaso de la misión de la ONU en la distribución de la ayuda.

El inicio de las presencia militar norteamericana por las calles haitianas –por tercera vez desde la invasión de 1994 para echar a la dictadura de Cédras- coincidió con la llegada a esta capital del ex presidente Bill Clinton, enviado especial de la ONU para Haití, para seguir de cerca las labores humanitarias. El ex mandatario también impulsa un fondo de recaudación de fondos para los damnificados junto al ex presidente George W. Bush.

“Como enviado especial de las Naciones Unidas a Haití, siento una profunda obligación con los haitianos de visitar el país y reunirme con el presidente René Préval para asegurar que nuestra ayuda sigue siendo coordinada y eficaz”, dijo Clinton al arribar a esta capital.

Pese a los anuncios de que el lunes se aceleraría la distribución de ayuda, en el aeropuerto continúan amontonándose las cajas del Programa Mundial de Alimentos, así como las donaciones que han enviado decenas de países. La ayuda sigue distribuyéndose con exasperante lentitud. En un largo recorrido por el centro de la capital tan sólo vimos dos equipos de bomberos repartiendo agua del camión cisterna y un centro de salud de China, en el que prestaban primeros auxilios.

Junto a la embajada de Francia encontramos a un equipo de rescatistas españoles que intentaban sacar con vida a 14 franceses sepultados en un edificio cercano, que aún podrían estar con vida. Igor, un técnico en rescates de la Ertzaintza, comentó que “a partir de este martes será un milagro encontrar a alguien con vida”.

Pese a que el domingo la ONU dio orden de retirada de todos los equipos de rescate por falta de seguridad, disposición que rectificó horas después, la mayoría de los socorristas españoles seguían en Puerto Príncipe.

Tres estadounidenses resultaron heridos en un confuso incidente ocurrido en el aeropuerto de Puerto Príncipe, del que de momento no se tienen detalles. La Cadena CNN creó la alarma al informar que había un número masivo de heridos.

En Puerto Príncipe se producen saqueos puntuales que se van incrementando. La mayoría muestra una paciencia infinita ante la ineptitud de las autoridades y de la misión de Naciones Unidas, que ejercía una especie de gobierno paralelo.

El terremoto de hace una semana ha desnudado la incapacidad de Naciones Unidas para hacer frente a un desastre de estas dimensiones. La costosa misión de 8.300 cascos azules no ha servido para nada a la hora de enfrentar la emergencia y distribuir la ayuda. Brasil, que tiene aspiraciones de potencia regional latinoamericana, como responsable de las fuerzas de la ONU ha mostrado incapacidad y falta de liderazgo.

El empresario haitiano Jean Pierre Bayly se mostró muy crítico con la misión de la ONU: “No ha servido de nada, ellos cobran buenos sueldos y la gente sigue en la miseria. La ayuda va a sus bolsillos. Es lo que cree mucha gente. Por eso les interesa que aquí haya inestabilidad”.

El terremoto de Haití es la historia de un fracaso. Fracaso de la misión de la ONU, sí; pero también fracaso de Estados Unidos que no ha sabido orquestar un plan efectivo de ayuda a un país que apenas está a hora y media de vuelo de Florida. Lo mismo podría decirse de los países iberoamericanos y de la Unión Europea. Haití no es Somalia. Pero la ayuda, por las causas que sean, no llega a una población que no ha recibido ni una tienda de campaña en provisiones. Millones duermen al raso bajo un techo de plástico en improvisados campamentos.

El lunes estaba prevista la apertura de unos 280 centros para distribuir ayuda humanitaria y albergar a los sin techo, según una fuente oficial haitiana. Fue otra promesa incumplida.

Los precios de la comida y los transportes se dispararon desde el martes pasado y los incidentes violentos y los saqueos están en aumento, al tiempo que la desesperación crece”, advirtió el Comité Internacional de la Cruz Roja.

El secretario de Estado haitiano para la Alfabetización, Carol Joseph, anunció que más de 70.000 cadáveres fueron enterrados en fosas comunes. El terremoto dejó al menos 250.000 heridos y 1,5 millones de personas sin hogar. Unas 75 personas fueron rescatadas vivas hasta el domingo.

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Escribe el director/ El clima sigue cambiando

18 Enero 2010 de Greenpeace España

En la medida en que asimilamos el fracaso de la Cumbre de Copenhague, tenemos ahora que enfrentarnos a la realidad cierta de que las emisiones contaminantes continúan aumentando. Mientras tanto,el proceso de negociación internacional contra el cambio climático se encuentra en la UVI. Por ello, tenemos la doble tarea de analizar las razones que llevaron al fracaso de aquella cumbre y de repensar una nueva estrategia que pueda sacarnos de la actual parálisis en la que estamos inmersos.

Entre las razones que, desde mi punto de vista, llevaron al fracaso en Copenhague hay tres que destacan: falta de liderazgo, de voluntad política para hacer frente al problema, y desastrosa organización por parte del país anfitrión. Cómo las ordenemos es indiferente.

Tal vez la falta de voluntad política para enfrentar el problema del cambio climático sea la razón más importante por la que la Cumbre de Copenhague haya fracasado. Con la excepción de los países afectados de manera más dramática por el cambio climático –islas del Pacífico y África–, no hubo durante las reuniones en el Bella Center la más mínima ambición por parte de los grandes países para, de verdad, hacer frente al problema. Por ejemplo, cualquier medida pequeña que se proponía, se hacía siempre mirando de reojo al vecino, y en ningún caso con auténtica voluntad de llevarla adelante si otros no se movían también. Un ejemplo claro fue el de la discusión del objetivo del 30% de reducción de emisiones por parte de la Unión Europea. Tanto amagó la Unión Europea con aprobarlo… que al final no lo hizo, evitando con ello que otros países también se movieran hacia delante.

La falta de liderazgo y el total desconcierto se puso de manifiesto cuando Obama mostró signos claros de que Estados Unidos no iba a moverse de su posición, expresada a través del proyecto de ley actualmente en discusión en el Senado norteamericano. A partir de ahí, nadie fue capaz de levantar claramente la bandera del cambio climático, y esta se quedó en el suelo.

Por último, merece una especial mención la desastrosa organización de la cumbre por parte del Gobierno de Dinamarca. Incapaz de jugar con habilidad el juego diplomático, las propuestas danesas llegaban siempre en momentos inoportunos, y requerían un esfuerzo para ser neutralizadas. A ello hay que sumar la represión feroz de un movimiento social pacífico que trató de llevar la vez de la sociedad civil a la Cumbre de Copenhague, en medio del caos organizativo y la burocracia de los gobiernos.

Como todos los que estuvimos en la Cumbre de Copenhague, el paso por el Bella Center dejó en mí un amargo sabor de frustración, al que fui llevado por la indignación con la que veía desde primera fila la indolencia de aquellos que tenían en sus manos la responsabilidad de sacar al planeta del atolladero ecológico en el que está metido. Así las cosas, nadie debería extrañarse de que finalmente cogiera mi pancarta y me plantara en la cena de los jefes de Estado, sólo a dos días de terminar la cumbre, en un desesperado y pacífico intento de llamar la atención sobre el fracaso hacia el que se abocaban las negociaciones.

Por más que haya quien me tache de delincuente (en mi caso no parece haber derecho a la presunción de inocencia), mucho mayor es el delito de aquellos que dejaron pasar la oportunidad en Copenhague de salvar el clima, e incumplieron el acuerdo internacional suscrito por ellos mismos en Bali. ¿Para ellos no hay castigo?

Tal vez el elemento más esperanzador ocurrido alrededor de la Cumbre de Copenhague, las protestas y las detenciones, es que mucha, mucha gente ha abierto sus ojos ante lo que está ocurriendo. El hecho evidente de que desde Río 92 han pasado ya 18 años y el sistema es incapaz de hacer algo efectivo contra la destrucción ecológica del planeta; por más que reconozca la gravedad de la situación, está ahora más en evidencia que nunca.

A pesar de las dificultades, la movilización ciudadana ha sido masiva. En Copenhague el 12 de diciembre salimos a la calle más de 100.000 personas reclamando un acuerdo justo, ambicioso y vinculante. La mayor manifestación jamás celebrada en la historia de Dinamarca, aunque ensombrecida por las injustas y masivas detenciones practicadas por la policía danesa. Al día siguiente, en vez de cubrir la gran fiesta ecologista, los medios mostraban filas de cientos de detenidos que eran llevados a aquel Guantánamo del clima.

Más de 13 millones de firmas fueron recogidas por las diversas organizaciones agrupadas alrededor de la campaña “tck, tck, tck”. Se produjeron cientos de movilizaciones, protestas y celebraciones en decenas de capitales durante aquellos días. De la misma manera, la movilización de apoyo a nuestra liberación ha sido impresionante. Más de 60.000 firmas conseguidas en sólo una semana muestran hasta qué punto el fracaso de Copenhague no les ha salido gratis a los que lo han promovido.

Ahora el gran reto del movimiento social contra el cambio climático es conseguir que esa presión social continúe y se multiplique. Está claro a estas alturas que sólo la movilización de la sociedad puede conseguir los cambios necesarios que los gobiernos y las empresas deben asumir para frenar el cambio climático. No hay otra alternativa que reducir las emisiones de CO², y hacerlo de forma drástica y urgente. Podemos seguir perdiendo el tiempo discutiéndolo, o podemos empezar a actuar.

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Juan López de Uralde, director de Greenpeace España

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