La Mitad de los Argentinos Vive en la Pobreza

25-10-04 Por Héctor Daniel Fernández *

Porque no puede sernos normal ver a niños, mujeres y hombres, seres humanos, comiendo de los tachos de basura. No es normal que mueran decenas de niños diariamente en nuestra tierra. Nada de los que nos está pasando es normal, pero nada ha sido casualidad.

La Mitad de los Argentinos Vive en la Pobreza pero Nada Ha Sido Casualidad.

Hoy, parado en esta Argentina, entre destruida y con cierta reserva de esperanza o por lo menos con la necesidad de creer en algo para no hundirnos definitivamente, nos encontramos con datos escalofriantes que van más allá de las sensaciones o los discursos que pretenden alivianar la realidad. Pero el problema no pasa por lo que nos parece o nos quieren mostrar, sino por lo que nosotros somos capaces de pensar, razonar, entender y creer de esa realidad que está ahí, que convive con nosotros todos los días, que para muchos ya es un paisaje normal y que no es normal.

Porque no puede sernos normal ver a niños, mujeres y hombres, seres humanos, comiendo de los tachos de basura. No es normal que mueran decenas de niños diariamente en nuestra tierra. Nada de los que nos está pasando es normal, pero nada ha sido casualidad. La gravedad no es solo que existan estos hechos aberrantes; lo grave es la hipocresía y liviandad con que se toma, la falta de compromiso para exigir un cambio.

Nuestra sociedad ha sufrido la peor de las degradaciones, se le destruyeron valores importantes y lo peor, en muchos casos, es que se le ha comprado la conciencia.

Para poder hacer un análisis ajustado a la realidad y poder entender los posteriores datos, a los que les interese leer este informe, les pediría mínimamente que no juzguen la realidad por la situación personal o familiar o por su preparación intelectual, sino que se debe hacer teniendo en cuenta el bien común.

La realidad de nuestra sociedad es muy cruda y cruel; a muchos mientras la ven por televisión o en los diarios les parece que es algo muy lejano, pero no se dan cuenta de la verdadera dimensión de lo que estamos viviendo. Cada número, cada porcentaje que aquí pongo a consideración, compatriotas nuestros, son seres humanos que no han tenido la mínima posibilidad, que han sido privados de todas posibilidades e ignorados sus derechos constitucionales. Esta es la sociedad que hemos construido, donde todos, quien más quien menos, tenemos algo que ver.

Ahora muchos pretenden cambiarnos el enfoque de la cosa y hacernos creer que los marginados, piqueteros, cartoneros, niños de la calle, sin techo, etc., que están en esta situación porque ellos quieren o como que se han generado por generación espontanea, pero han sido generados por deficientes o mal intencionadas políticas de Estado.

Nos conmovemos cuando vemos niños desnutridos o no da congoja cuando en algún medio nos comunican la muerte por desnutrición de algún niño; nos irrita saber la venta de alguna criatura por comida, pero es allá lejos, en alguna provincia. Cuando se cansan de ser ignorados, cuando se dan cuenta de que la única forma de que atiendan sus reclamos es protestando ya los miramos con desconfianza, los miramos acusatoriamente y llegamos a sostener que en algo deben andar o que es todo político. Es cierto el hambre es político, la miseria es político, la desnutrición es político, todo es político, es por los malos políticos y la solución debe ser política. Pero también tiene mucho que ver la sociedad en sí; por nuestra culpa, por habernos desentendido de la cosa pública y pensar tan sólo en nosotros.

Ahora debemos preguntarnos qué país y sociedad le vamos a dejar a nuestros hijos. ¿Qué hemos hecho nosotros para cambiar esta realidad? ¿O tan solo hemos pensado que generando ciertas condiciones favorables en nuestro núcleo o entorno más íntimo estaremos ausentes de los males generales? Pero esto es imposible; se vive en este medio y nos debemos mover dentro de él. A la larga o a la corta, los males generales nos van a alcanzar e involucrar, por más que se quiera aislar.

Es irrefutable que nuestra dirigencia política, empresaria e intelectual, por incapacidad o corrupción, no han conducido al país hacia la prosperidad e igualdad. Esta sociedad ha sido infectada conscientemente y deliberadamente con la corrupción, el individualismo exacerbado, la desconfianza, el egoísmo, la hipocresía, la irresponsabilidad y la pérdida de identidad.

En primer lugar, la corrupción, abarca sin excepción a todas nuestras instituciones, adoptando la forma de prebendas, apropiación directa de fondos públicos, clientelismo, y también de criterios de nepotismo o amiguismo para la selección y promoción de funcionarios. Descartemos la idea de que la corrupción es un fenómeno sólo de los años 90, aunque se hizo algo habitual (mientras roben pero hagan). Basta recordar lo que escribió Discépolo en 1935: “El que no afana es un gil”.

El individualismo, al que hacemos referencia a veces como “la mentalidad de sálvese quien pueda”, y que tiene además sus correlatos destructivos en una profunda desconfianza en los demás y la escasa capacidad para asociarnos y cooperar en pos de objetivos comunitarios.

El individualismo y la desconfianza llevan a deshacer las normas que aseguran el orden social y la convivencia, que tiene un efecto desintegrador no sólo sobre nuestra vida cotidiana, cuando violamos un semáforo, estacionamos en doble fila o no cumplimos las reglas del tránsito, los horarios para sacar la basura a la calle o alguna otra disposición, sino también sobre nuestro funcionamiento institucional, cuando se traduce en la omisión, alteración o reemplazo de las normas de acuerdo con la conveniencia de alguien.

El hábito de culpar a “otro” no busca eximir a nadie de su responsabilidad, sino subrayar que el estado de la sociedad en la que vivimos no es algo separado de nuestro modo de actuar como individuos y grupos. Es indudable que hay una sociedad hipócrita, en la que prevalece “haz lo que yo digo, no lo que yo hago”. Pretendemos que se respeten nuestros derechos mientras violamos el de los demás.

Nada de lo que vivimos nos es ajeno, ciudadanos, políticos, empresarios, dirigentes obreros y funcionarios. Marginados, pobres, desocupados, obreros, clase media y oligarquía, con mayor o menor responsabilidad es esta la sociedad que hemos construido o dejamos construir.

Todo el informe que les remito contiene una cantidad importante de números y porcentajes, pero no hay que perder de vista ni por un instante, que en la mayoría de estos datos estamos hablando de seres humanos, de personas como nosotros que -en muchos casos- podríamos haber sido nosotros. Si luego de leer todo esto no nos sensibilizamos y no intentamos producir un cambio dentro de nuestras posibilidades, es porque el trabajo permanente de destrucción que nos impusieron ha llegado a la conciencia.

La desocupación en nuestro país es uno de los flagelos más graves por el que atraviesa, generando una cantidad de males colaterales que serán muy difíciles de superar, aunque haya voluntad política de corregir. La pérdida de la cultura del trabajo debilita todas las bases sociales poniendo en riesgo las instituciones, comenzando por la familia, forjadora de valores éticos y morales.

Este mal comienza con la aplicación de una política de neto corte neoliberal en 1976, impuesta a sangre y fuego por los militares y luego continuada y profundizada por el gobierno democrático de Menem. Es indudable que este tipo de política fue digitado desde los poderes económicos y de la única potencia actual: Estados Unidos. Es indudable que el cambio fue gradual luego de los 70 en todo el mundo, pero en América fue violento por medio de la toma del poder por parte de los ejércitos. El primer accionar fue la aplicación de prohibiciones severas a todo el que pensara diferente, bajo un ámbito de terror del Estado, siendo la desaparición y muerte de ciudadanos un método habitual, bajo un pseudoconcepto de nacionalismo y cristianismo.

“Los argentinos somos derechos y humanos”. La solidaridad y la participación fueron reemplazadas por el individualismo y la indiferencia. Cambiaron nuestra sociedad. Luego de recuperada la democracia en 1983, el gobierno democrático radical de Alfonsín termina en una debacle y llega desde el justicialismo con una propuesta popular y nacional, como siempre fue el justicialismo, Carlos S. Menem. Una vez en el gobierno traiciona todas las promesas y convierte su gobierno en el más recalcitrante neoliberalismo, diría: “Si hubiera dicho todo lo que iba hacer no me hubieran votado”. Este período fue signado por masiva campaña contra el Estado, con el fin de minimizarlo, debilitarlo y ausentarlo de todas las etapas de la vida institucional. Pero lo más lamentable es que lo llevó adelante un Gobierno que se presentó como justicialista y fue secundado y tolerado por muchos dirigentes del partido ávidos de los beneficios personales que les brindaba el poder e revirtiendo aquel precepto peronista que decía: “Primero la patria, luego el movimiento y por último el hombre”. Lamentablemente desmovilizaron, aburguesaron y desvirtuaron el movimiento nacional y popular, y reconvirtieron la filosofía de vida del peronismo, simple, práctica, popular y profundamente humana, por otra individualista, decadente, falta de valores, consumidora y materialista. La doctrina justicialista históricamente planteó un Estado regulador de las fuerzas del capital y el trabajo. El peronismo miró las cosas del lado de los trabajadores y de los pobres, en cambio aquel Gobierno lo hizo desde los ricos y empresarios.

Este proceso neoliberal que degradó los valores culturales, sociales, políticos y económicos trajo aparejado, entre otros males, el azote de la desocupación que destruyó valores importantes del hombre, haciéndolo descender hasta perder la propia dignidad. Esa dignidad por la cual, anteriormente, se luchaba por salir de la condición de pobreza o marginación, se exigía por sus derechos, no se conformaba con su destino, ni se resignaba a lo que le tocaba o le daban. El hombre era distinto y vivía en función de servicio hacia los otros.

Se revirtió un elemento fundamental que por muchos años fue el criterio y centro de la política social y económica del peronismo; por ende, de la mayoría del pueblo, que es que la economía debía estar al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la economía o el mercado. El mercado o lo económico debía estar subordinado a lo social. Toda política debe estar orientada hacia el pueblo, pero también desde el pueblo mismo.

Este período estuvo marcado, también, por signos alarmantes de corrupción institucional, según un informe de la organización mundial PROBIDAD, sobre un análisis hecho en la década 1992-2002, del que se desprende los siguientes nombres de ex presidentes y funcionarios de gobiernos que tienen procesos por corrupción: Carlos Andrés Pérez, de Venezuela; Jorge Serrano Elías, de Guatemala; Alfredo Cristiani, de El Salvador; Rafael Callejas, de Honduras; Abdalá Bucarám, de Ecuador; Fabián Alarcón Rivera, de Ecuador; Raúl Cubas, de Paraguay; Leonel Fernández, de República Dominicana, Juan Carlos Wasmosy, de Paraguay; Jamil Mahuad, de Ecuador; Alberto Fujimori, de Perú; Hugo Bánzer, de Bolivia; Arnoldo Alemán, de Nicaragua; Luis González Macchi, de Paraguay; Alfonso Portillo, de Guatemala; Carlos Salinas de Gortari, de México; Fernando Collor de Mello, de Brasil, y Carlos Saúl Menem, de Argentina.

Gasto Público: En 1991, cuando asumió Domingo Felipe Cavallo el Ministerio de Economía, el gasto público no superaba el 40% en relación con el PBI, y se redujo progresivamente hasta llevarlos al 20%. Aclaremos que en Francia llega al 50.90%, en Alemania al 45.50%, en España al 40,70%, en Estados Unidos en 36.30%.
Argentina tiene 4.70% de empleados públicos con relación a los habitantes que tiene el país. Noruega tiene 16.70%, Estados Unidos 12.10%, Francia 8.70%, Alemania 7.60% y España 5.70%, Brasil 25% y Uruguay 30.90%.

Privatizaciones: En el mundo hay dos ejemplos claros: Noruega, donde el petróleo, el tren, el subte, la luz, el gas y el agua son estatales; y la Argentina, donde todas esas actividades son privadas. Francia tiene en manos privadas el petróleo y el agua, y estatal el tren, el subte, la luz y el gas. El Reino Unido tiene el petróleo estatal, mixtos el tren, el subte y el agua; privados la luz y el gas. Estados Unidos tiene estatal el tren, mixto el subte y privados el petróleo, la luz, el gas y el agua. Países no desarrollados como México (NAFTA) tienen estatal el petróleo, el tren, el subte y la luz, y privados el gas y el agua. Brasil tiene estatal el petróleo y el tren, mixto el subte, el gas y el agua, y privada la luz. Chile (Pinochet) estatal el petróleo, el cobre, el tren, el subte y la luz, y privados el gas y agua.
La deuda externa en el período de Menen 1989-1999, creció 123%.

Con estos datos, reducimos el gasto público (educación, salud, jubilaciones, seguridad, justicia, vivienda, etc.), tenemos menos empleados públicos, vendimos todas las empresas y crecieron algunos indicadores económicos, pero también crecieron desmedidamente la pobreza, la marginación, el desempleo, el cierre de industria, las importaciones indiscriminadas, cierre de comercios, etc., Dónde fue el dinero?, porque al pueblo no llegó y el país no creció.

Nuestra sociedad: Desde 1996 hasta 2002, la case media se redujo del 34% a 20% de la población. Los sectores de menores ingresos pasaron en el mismo período del 55% al 70%. Y la franja de mayores ingresos descendió tan sólo del 11 al 10%. Tenemos una sociedad con serias diferencias, comidas para pobres, comidas para ricos. Los pobres restringen su consumo a 22 alimentos y los ricos lo amplían a 250 productos alimenticios.

El trabajo es el ámbito por excelencia de satisfacción de los individuos. La falta de trabajo y la calidad de los trabajos son cuestiones esenciales para entender el lugar del individuo en la sociedad y el modo como satisface sus necesidades.

La situación social argentina es resultado de un decepcionante comportamiento en el ámbito laboral. No se trata sólo del desempleo, sino también del crecimiento de la precariedad de los puestos de trabajo, que no constituye ya una situación de corto plazo, sino que se está convirtiendo en un rasgo estructural del país.
Este fenómeno ha llevado a una profundización de la desigualdad, de la vulnerabilidad social, y todo eso caracteriza un proceso de desintegración social que significa lo opuesto de lo que tradicionalmente era nuestro país.

Las problemáticas del desempleo, la precariedad laboral y los salarios insuficientes condicionan la capacidad de consumo de los hogares, pero también producen una ruptura y serias complicaciones de la vida familiar.

Existe una gran cantidad de puestos precarios, sin cobertura de seguridad social ni estabilidad, que representa una porción cada vez mayor de la población ocupada. En las áreas urbanas sólo el 40% de los asalariados tienen cobertura social. Es decir, hay un 60% que trabaja en negro o por cuenta propia.

Al mismo tiempo, los niveles salariales, ya en el año 2001, se hallaban muy por debajo de los valores históricos, mientras que en el primer semestre de 2002 se deterioraron aún más debido a la alta inflación. En conclusión, el país enfrenta una situación de “poco empleo, de baja calidad y que paga poco”.

Hasta la mitad de los años 70 hubo un bajo índice de desempleo abierto, alrededor del 5%. El desempleo comienza a crecer a fines de la década de los 80, cuando alcanza cifras de entre el 7% y el 8%. En 1993, llegó al 9%, en 1994 al 14% y en 1995 al 18%. La precariedad y el desempleo se articulan en una elevada inestabilidad laboral. No es cuestión de crear cualquier tipo de puesto de trabajo, sino que sean estables y con cobertura social.

En mayo de 2002 nada menos que el 56.9% de las personas ocupadas se desempeñaban en puestos precarios. Alcanzando en Corrientes al 69.5% de la población ocupada, el 64% en Concordia, Jujuy, Salta y Tucumán. Pero el más alto llegó en Formosa con el 78.3%.

El incremento del desempleo reflejaba el proceso de reestructuración económica. Debido a la apertura, muchas firmas industriales cerraron, se reconvirtieron en importadoras o se ajustaron a través del aumento de la productividad, lo que implicaba una reducción del empleo. La apertura y el atraso del tipo de cambio hicieron que las máquinas fueran más baratas que los hombres.

Otro de los aspectos en que incide la desocupación y la precariedad es en la pobreza y la delincuencia, así como también a la caída de la movilidad social ascendente, que era virtud de nuestra sociedad hace 25 años.

También es de destacar que se detectaron en todo el país que existe un 31% de empleo en negro, lo que genera serios perjuicios a los trabajadores y por ende a la seguridad social, jubilaciones y al país, beneficiándose tan solo los evasores.

Otro dato relevante y que demuestra la escasa voluntad de los empresarios en contribuir al bien común y con una permanente actitud mezquina, el 30% (1.700.000) de los asalariados privados ganan menos de 350 pesos, calculándose que la mayoría están en negro. Este salario equivale o supera en un 6% al costo de una canasta básica de indigencia de una familia tipo. En cambio los 350 pesos son inferiores al costo de la canasta básica.

Los altos índices de pobreza que tenemos en nuestro país no sólo son causados por el desempleo, sino porque una alta proporción de los ocupados gana muy poco y la ayuda de los planes sociales es inferior al costo de la canasta de indigencia.

Trabajo infantil: El último informe de la Organización Mundial del Trabajo (OIT) observa un gradual agravamiento, siguiendo la crisis que afecta nuestra economía desde hace varios años. En la actualidad, 1.500.000 chicos entre 5 y 14 años de edad en lugar de estudiar o jugar deben dedicarse al trabajo, con el agregado de que el 40% de ellos, es decir, nada menos que 600.000, abandonaron la actividad escolar por esa razón. Ese 1.500.000 chicos afectados por esta situación constituye el 22 % del total que hay en el país en esa franja de edad. La mayoría de los casos se registra en las áreas urbanas, donde están afectados 1.232.800 chicos, estando dedicados, especialmente los más pequeños, a la recolección y selección de basura, elaboración y venta de alimentos en lugares públicos. En tanto, los más grandes trabajan en comercios, talleres y en la construcción, mientras que en las zonas rurales los 271.000 chicos que allí trabajan lo hacen en labores agropecuarias.

Por lo general, los chicos son explotados, trabajando en pésimas condiciones, pagándoles salarios miserables y sin que se respete la legislación que existe al respecto.

La pobreza está señalada como la principal causa que lleva a que los niños deban salir a trabajar, con la finalidad de apuntalar la deficiente economía familiar.

Desde la devaluación, los salarios aumentaron un 20%, mientras que los precios minoristas subieron el 46.1%, retrocediendo el salario un 17.9% más del atraso que ya traía de arrastre.

A todo esto le debemos sumar que durante el 2003 la gente debió destinar a la compra de artículos de la canasta familiar el 50% de sus ingresos, lo cual implica un importante aumento respecto del 34% que gastaba en ese rubro en el 2002. Los sectores de nivel alto gastaron durante el 2003, un 27% de sus ingresos, en cambio las personas comprendidas en el nivel económico más bajo debieron destinar el 67% de sus ingresos para abastecerse de artículos de la canasta familiar.

Las crisis económicas que ha atravesado Argentina desde 1970 no han sido gratuitas para los trabajadores: desde ese año el salario real en el país se redujo en promedio un 60%, según un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y el Ministerio de Trabajo argentino. El último gran impacto al bolsillo fue la devaluación del peso aplicada en enero del 2002 por el ex presidente Eduardo Duhalde, que disparó una depreciación de la moneda de casi el 70% frente al dólar y un alza de los precios minoristas del 43.5%. Entre 1970 y 1975, con un modelo económico caracterizado por la industrialización y la sustitución de importaciones, el salario real de los argentinos creció un 14%. “Claramente, la lucha por la distribución del ingreso favoreció a los asalariados que lograban mantener o aumentar la participación en la riqueza generada”, explica el informe. Con la instauración en 1976 de la dictadura militar que gobernó el país hasta 1983, el poder adquisitivo de la población tuvo una brusca caída del 40%. “A partir de 1976 se agudizó también la desigualdad distributiva (de los ingresos)”.

En la década de 1980, con el regreso de la democracia, el salario se recuperó pero sin alcanzar las cifras de la década anterior, hasta que a fines de los 80 el proceso hiperinflacionario que sacudió a Argentina produjo una caída del 50% en los salarios, comparados con los de 1970. “En los últimos 12 años las fluctuaciones del salario real se desenvolvieron en niveles entre un 60% y un 70% inferiores a la década de los 70”, de acuerdo con la investigación. “Este proceso se dio conjuntamente con el incremento del desempleo, los empleos precarios, inestables, de corta duración y sin protección social, que conllevaron al avance de los niveles de pobreza e indigencia”, agrega. Según los números oficiales, ese cuadro social empeoró tras la devaluación del peso del 2002.

Actualmente, más de la mitad de los 36 millones de argentinos vive en la pobreza. La investigación describe también la situación de los trabajadores argentinos en la actualidad, donde se observa que las mujeres tienen en promedio sueldos 14% más bajos que los hombres. Según el informe, los sueldos de los trabajadores del sector público son 4% inferiores a los de los empleados privados, mientras que los trabajadores no registrados tienen ingresos 40% más bajos que los empleados registrados.

La desigualdad no ha evolucionado de la misma manera en las distintas regiones del país. Un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) apunta que la brecha entre el 20% de la población (quintil) de ingresos más altos y el 20% de ingresos más bajos era en 1995 de 11.5 veces; en 2002 fue de 20.4 veces, con una suba en el periodo de más del 77%.

Formosa exhibía en 2002 la brecha más grande: nada menos que 52.7 veces. Allí, el quintil más bajo participaba con sólo el 1.2% del ingreso provincial, y el más alto con el 61.4%. La brecha era de entre 25 y 30 veces en Entre Ríos, Chaco, provincia de Buenos Aires, Salta y Neuquén.

El desempleo en mayo del 2002 alcanzó su pico histórico de 21.4% (8.000.0000 millones de personas), pero la Encuesta Permanente de Hogares, la verdadera tasa era aún mayor: 24.1%, de la población económicamente activa. Hay que tener en cuenta que según la nueva medición el INDEC no toma como ocupados a los beneficiarios de los Planes Jefes y Jefas. Se considera que los beneficiarios de Planes Jefes y Jefas representarían el 70% de la masa de desocupados. En el Gran Buenos Aires, los jefes y jefas desempleados representan el 35.9% del total de las personas sin empleo en esa región. Si se proyectara al total del país esa relación, lo que sin duda constituye un supuesto extremo, surge que al cierre del 2003 la tasa de desempleo hubiera sido de algo más del 50% de la población económicamente activa, con una 5.1 millón de personas.

Las últimas mediciones dan que el desempleo alcanzó al 16.3% correspondiente al tercer trimestre del 2003, equivalente a 2.600.000 desocupados, si se considera como desempleados a los beneficiarios de los planes sociales que realizan actividades laborales, el desempleo treparía al 22% y comprendería casi 3.500.000 millones de personas. Hay que considerar que detrás de estas personas existe una familia. A estos índices hay que tener en cuenta que la tasa de subocupación supera el 16.6%.

Medido con la EPH tradicional, el desempleo en mayo de 2002 había alcanzado su pico histórico de 21.5%. Según la nueva EPH, la verdadera tasa era aún mayor: 24,1%. Pero desde entonces no ha dejado de caer: 20.8% en el cuarto trimestre de 2002; 20.4% en el primero de 2003; 17.8% en el segundo y 16.3% en el tercero.

Todas estas cifras suponen, sin embargo, que no son desempleados los beneficiarios del Plan Jefes y Jefas de Hogar que realizan una contraprestación laboral a cambio del subsidio. El programa llega a jefas y jefes desocupados con hijos de hasta 18 años o discapacitados de cualquier edad, u hogares donde la esposa o concubina se encuentra embarazada.

De acuerdo al trabajo realizado por la consultora Equis sobre la Jubilación, mientras hoy en día existen 1.237.000 mayores de 65 años que no tienen protección provisional, en sólo siete años (2010) esa cifra llegará a 1.600.000, si continúa creciendo el empleo “en negro”. Según las estimaciones de la consultora, el 80% de las personas que pueden quedar sin cobertura jubilatoria en el año 2010 vivirán en la pobreza. En a actualidad, el 34.5 % de la población que ya cumplió la edad de retiro laboral es pobre. En 1991, poco antes del inicio de la convertibilidad, la falta de cobertura afectaba al 24.7 % de los mayores, pero en 10 años ese índice creció al 39.6%.

La última medición del (INDEC-publicado en febrero de 2004) sobre el costo de la canasta básica, una familia “tipo” integrada por dos mayores y dos niños de 5 y 8 años, necesitaba en enero 2004 – 716,01 pesos para no estar por debajo de la línea de pobreza. Y requería 326,95 pesos para no caer por debajo del nivel de indigencia.

Sobre un total de 36.223.947 habitantes de nuestro país, la pobreza y la indigencia experimentaron un leve descenso en la Argentina. En mayo último era pobre el 54.7% (19.814.499 personas) de la población de los aglomerados urbanos relevados por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), cifra que se ubica 2.8 puntos por debajo del pico histórico de 57.5% alcanzado en octubre de 2002. El nuevo porcentaje es superior al 53% correspondiente a mayo del año pasado.

También la indigencia se redujo al 26.3% (9.526.898 personas) de las personas, desde el 27.5% de octubre de 2002. Los indigentes son aquellos que, dentro de la población pobre, no tienen ingresos suficientes para adquirir una canasta básica de alimentos.

Proyectados a todo el país, estos indicadores significan que en las áreas urbanas hay 19.8 millones de pobres y algo más de 9 millones de indigentes. Si se tiene en cuenta la población rural -que no es relevada por el INDEC, pero donde la pobreza es normalmente mayor que en las zonas urbanas-, el número de argentinos pobres supera los 20 millones.

A pesar de su masividad -2.1 millones de beneficiarios-, el programa gubernamental tiene escaso impacto sobre el nivel de pobreza debido al monto reducido del subsidio ($150). Su influencia es más significativa en la disminución de la indigencia. El INDEC estimó que, sin el plan Jefes, la proporción de pobres sería de 55.3% (0.6 puntos más que la efectivamente registrada) y la de indigentes 29.7% (+3.4).

La situación social sigue siendo crítica en el norte argentino. En la región Noreste, el porcentaje de personas por debajo de la línea de pobreza descendió apenas 1.3 puntos desde octubre: pasó de 71.5% a 70.2%. La población indigente cayó en forma más pronunciada, de 41.9% a 37.3%. En el Noroeste, los pobres representan ahora el 66.9% de la población y los indigentes el 31.2%; en octubre de 2002 las cifras eran de 69.4% y 35.1% respectivamente.

Los centros urbanos con mayor porcentaje de habitantes pobres son Concordia (73.4%), Corrientes (73%), Resistencia (71%) y Tucumán (69.2%). En el Conurbano la pobreza alcanza al 61.3% de las personas, pero en el segundo cordón aumenta al 71.3%.

En la ciudad de Buenos Aires y los partidos del Conurbano el porcentaje de personas por debajo de la línea de pobreza descendió de 54.3% en octubre de 2002 a 51.7% en mayo de 2003, pero la indigencia aumentó de 24.7% a 25.2%.

En el área metropolitana había en mayo 6.363.000 pobres, 309 mil menos que en octubre de 2002. Los indigentes eran 2.7 millones. En términos de hogares, la pobreza alcanzaba a 1.473.000 y la indigencia a 535 mil. El Plan Jefes y Jefas de Hogar llega en el Gran Buenos Aires a casi 900 mil habitantes, en su mayoría del Conurbano.

Desde la caída de la convertibilidad, la canasta básica alimentaria subió un 75%; mientras que la Canasta Básica Total un 55%.

Un informe del Banco Mundial de fines del 2002 indicaba que el 17.5% de los hogares argentinos sufre hambre, esto significa 1.400.000 familias. También se determinó que de esas 1.400.000 familias, unas 450.000 familias sufrieron hambre en forma severa, con evidencia de que el fenómeno se repite en forma frecuente. A octubre de 2002, el 45.7 % de hogares eran pobres, afectando a los hogares con niños, cuando es sabido que la carencia de alimentos en los niños producen consecuencias negativas permanentes e irreversibles. Así que del 1.400.000 de familias con hambre, casi un millón son familias con menores de 18 años, lo que representa 24.7% del total. Entre los hogares con niños menores de 6 años, la proporción salta al 28.9%. La falta de alimentos en los hogares se acentúa cuanto menor es la edad de los niños. Entre los hogares pobres el 33.2 % sufrió hambre. La mayor proporción de hogares que sufrieron hambre corresponde a jefes de hogares sin estudios o con educación primaria incompleta. El porcentaje de hogares con hambre es mayor cuando una mujer está al frente de la familia, este caso abarca al 19.7%. Entre las familias desocupadas, los hogares con hambre alcanzan el 28.2%.

Un informe del INDEC, publicado en septiembre 2003, dice que el 14.3% de los hogares argentinos tienen sus necesidades básicas insatisfechas, suman 5.500.000 personas, donde Argentina es uno de los países exportadores de agricultura más grande del mundo. A pesar de algunos cambios, los índices son terribles.

Las provincias con porcentajes más altos de hogares NBI en 2001 fueron Formosa (28.0%), Chaco (27.6%), Salta (27.5%), Santiago del Estero (26.2%) y Jujuy (26.1%).

Los integrantes de este último grupo social que conforman el sector de los llamados “nuevos pobres” se han multiplicado en los últimos años en nuestro país debido al aumento de la desocupación y la subocupación, la reducción de los ingresos y la expansión de los puestos de trabajo precarios, inestables y sin cobertura social. Se trata de hogares provenientes de la clase media que siguen viviendo en el espacio urbano, pero cuyo nivel de vida ha caído sustancialmente.

La pobreza estructural ha sido objeto históricamente de políticas públicas focalizadas, normalmente asistenciales, como los programas alimentarios y, más recientemente, de empleo transitorio. En cambio, el Estado carece casi por completo de políticas orientadas a los “nuevos pobres”.

Los niveles de pobreza e indigencia medidos en función de los ingresos de los hogares han dado un salto gigantesco en el último cuarto de siglo. En octubre de 1974, en el Gran Buenos Aires, había sólo un 4.7% de población pobre y 2.1% de indigentes. En el mismo mes de 2002, la pobreza se había multiplicado por 11: las personas en esa condición representaban el 54.3% del total. La indigencia creció 12 veces, hasta 24.7%.

Un estudio del Sistema de Información, Monitoreo y Evaluación de Programas Sociales (SIEMPRO) muestra que en este largo periodo la pobreza por ingresos siguió los movimientos del ciclo económico, pero creciendo rápidamente en las recesiones y disminuyendo a un ritmo más lento durante las expansiones. Por esta razón, la pobreza en el Gran Buenos Aires fue encontrando pisos cada vez más elevados: 4.7% en 1974, 12.7% en 1986, 16.8% en 1993 y 25.9% en 1998.

Desnutrición: La piel cambia de color y de textura. Las defensas del organismo bajan abruptamente. Los deseos de comer desaparecen y, por último, el sueño se adueña del cuerpo para siempre. Es parte del recorrido que sufren los chicos con desnutrición grave y que deja al descubierto el verdadero riesgo país que padece la Argentina: la mitad de los chicos de Argentina padecen alguna deficiencia nutricional y miles de ellos mueren por causas que se podrían evitar.

Según especialistas en nutrición es una regla sin excepción que, cuando existe la desnutrición, afecta principalmente al niño menor de seis años. Ello se debe a que su rápido crecimiento tiene requerimientos nutritivos que son más elevados y específicos y, por ese motivo, difíciles de satisfacer.

Además, los niños dependen para su alimentación enteramente de terceros, que muchas veces no tienen los recursos económicos suficientes o carecen de un nivel cultural o de educación como para cumplir adecuadamente con ese rol.

En Argentina, la mayoría de las veces la carencia de nutrientes no alcanza gran intensidad, lo que se traduce aparentemente “sólo” en algún retardo de la talla y el peso para la edad. Sin embargo, también en ellos son más frecuentes las enfermedades infecciosas y el deterioro significativo en las condiciones intelectuales.

Además, un porcentaje mucho menor llega a grados avanzados, con síntomas clínicos evidentes, y en ellos los riesgos físicos y psíquicos son mayores.

Otro dato que anticiparía índices más altos de desnutrición es el incremento que ha experimentado el número de niños que viven en hogares indigentes, es decir, que no cuentan con los ingresos suficientes para cubrir una canasta alimentaria básica. De acuerdo con un estudio del Sistema de Información, Monitoreo y Evaluación de Programas Sociales de la Nación (SIEMPRO), en octubre de 2002 el 42.7% de los menores de hasta 18 años era indigente. Se alcanzan picos superiores al 55% en Misiones, Chaco, Corrientes y Salta.

Las regiones del país más castigadas por la indigencia son la nordeste y la noroeste, así como el segundo cordón del Conurbano bonaerense. En octubre de 2001, poco antes de la devaluación y la cesación de pagos del país, había en la Argentina 9.4% de hogares indigentes; en mayo de 2003, 17.9%.

Una de las causas más importantes de la desnutrición y de la mortalidad infantil es el bajo nivel de instrucción de las madres. Un 10.6% de los nacidos vivos en 2001 fueron de madres que no habían completado la escuela primaria. Los porcentajes más elevados se encuentran en la región nordeste, con el 30.8%.

Un problema con gran incidencia sobre la desnutrición y otras enfermedades infantiles es la falta de servicios sanitarios básicos. Según el Censo Nacional 2001, el 15.9% de los 10.1 millones de hogares de la Argentina carece de provisión de agua dentro de la vivienda.

La mortalidad infantil: Los últimos datos oficiales emanados del Ministerio de Salud de la Nación corresponden a 2002, y revelan que la tasa de mortalidad infantil creció de 16.3 por mil -cifra de 2001- al 16.8 por mil, en 2002 de los niños nacidos vivos. “En todas las provincias argentinas, por lo menos una de cada dos muertes de niños podría evitarse”.

La mortalidad infantil más elevada se presenta en Formosa (28.9), Tucumán (24.5), Chaco (24.0), Corrientes (23.5) y La Rioja (23.5); la más baja, en la ciudad de Buenos Aires (9,6). Nuevamente el Norte del país es el que muestra las peores cifras. También hay grandes inequidades en la mortalidad materna. Mientras la tasa nacional fue en 2001 de 4.3 por cada 10 mil nacidos vivos, en Jujuy fue 19,7, en Chaco 15.9 y en Formosa 13.9.

Así, mientras la Argentina gasta en salud el 9.5% del producto bruto interno y su tasa de mortalidad infantil trepa a 16.8, Chile invierte sólo el 7% de su PBI, y su mortalidad infantil asciende sólo a 10.1 por mil nacidos vivos, de acuerdo con los datos para 2002 de la Organización Panamericana de la Salud.

Se sostiene que mueren 55 chicos por día. Inconcebible.

Los chicos de la calle son aquella parte de la población de niños y sus familias que viven o hacen de la calle su lugar. Ellos se encuentran privados de sus derechos a ser protegidos y provistos en sus necesidades por su propia familia y el derecho a que la escuela sea su principal actividad, además del juego y la recreación.

Ellos son castigados con la privación de elementales derechos a la vida y a la integridad, tales como una alimentación suficiente, nutritiva y balanceada, la salud, la educación, la protección contra cualquier acto de violencia, una vivienda y un medio ambiente de vida sano y saludable.

Ellos son los excluidos, las víctimas de la pobreza, de la falta de proyectos gubernamentales y voluntad políticas para solucionarlos. Constituyen los efectos de la crisis económica, son una de las consecuencias de las desigualdades. Son frecuentemente víctimas del maltrato, del abuso, tanto físico como emocional y psíquico.

En la última década, se triplicó la cantidad de “chicos de la calle”, en los grandes centros urbanos. Según algunos relevamientos hechos por la Ciudad de Buenos Aires, se pudieron detectar unos 2.765 chicos, sólo en la Capital Federal y que no son todos. Estos pibes no están sólo en las calles de la capital o Buenos Aires, las ciudades del interior del país también reproducen este dramático cuadro. La precarización de las condiciones de vida empujó a la calle al eslabón más débil de la sociedad y convirtió este fenómeno en parte de la estructura social vigente. Lo terrible es que se los tome como parte del paisaje o se los considere peligrosos. Lo más grave son los riesgos que corren en la calle, por lo general, explotados por mayores, además de la prostitución infantil y enfermedades propias de la pobreza.

La pobreza también trae aparejado el turismo sexual, que en muchos casos se aprovechan de los niños pobres que se desnudan bajo el engaño de que lo que les ofrecen es fama o dinero. Tampoco podemos olvidar en qué contexto se dieron las muertes de María Soledad, Leyla Nazar y Patricia Villalba, que no solo desnudaron la prepotencia de los feudos de las provincias, sino la situación de las chicas pobres.

A todos estos alarmante datos, debemos sumarle que el 35% de los jóvenes no estudia ni trabaja. Que la maternidad adolescente conforma el 15% de los partos totales del país y que cada día son más los casos de madres menores de 15 años.

El consumo de drogas como el alcohol y el tabaco descendió en los últimos años de 16-17 años a 13 años y las mujeres igualaron a los hombres en la cantidad de consumo el consumo de estas “drogas legales”. El consumo de estupefacientes ha aumentado, al igual que la prostitución y los infectados de sida, aunque es muy complejo tener una estadística concreta dado la característica de la enfermedad.

Cartoneros: En un país donde la desocupación y la subocupación rondan casi las 6.000.000 personas, la recolección de papel y cartón se transformó en la vía de ingresos de 154.000 personas, que recorren 28 regiones del país en busca de un insumo que aumentó considerablemente luego de la devaluación. Se calcula que se paga entre $0.25 y 0.35 centavos el kilo de cartón. Los adultos generalmente caminan todo el día más de 50 cuadras arrastrando la carreta cargada para sacar, según la suerte, zonas y habilidad, $20 pesos diarios. Muchos chicos cuando salen de la escuela o directamente no van se dedican también a la recolección de cartón y papeles, para poder comer y ayudar a su familia. Chicos como estos pueden sacar unos $5 pesos diarios. También se ven muchas mujeres con sus hijos o familias enteras con sus criaturas revolviendo las bolsas de basura en busca de algo que les pueda servir o vender para poder comer.

A pesar de la campaña de separar la basura, la mayoría de los ciudadanos indiferentes de la ciudad no lo hacen y miran con desconfianza y en algunos casos con desprecio a estos conciudadanos. Muy pocos valoran lo que hace esta gente para subsistir, por mantener en algo su dignidad, tratan de ganarse el peso con sacrificio y esfuerzo. Es indudable que los hombres deberían estar trabajando en alguna industria como las miles que cerraron, ganando un salario digno, las madres en la casa criando a las criaturas y los chicos en la escuela o jugando.

Educación: El progresivo aumento de la desigualdad en la distribución de los ingresos de la población tiene una influencia directa con la marcada ampliación de la desigualdad en las oportunidades educativas, entre otros ítem sociales, más allá de la última década. La creciente expansión de la pobreza agrava la dificultad de una gran cantidad de chicos y jóvenes para permanecer en el sistema educativo.

Según un informe de Siempro (Sistema de Información, Monitoreo y Evaluación de Programas Sociales) en el año 2001 se verificaba que de los adolescentes entre 15 y 18 años pertenecientes a los hogares que se ubican en el 20% de menores ingresos, un 28% no asistía a la escuela, mientras que entre sus pares pertenecientes a las familias del 20% de mayores ingresos no asistía un 4.7%.

A modo de ejemplo, el 30% de los niños de las familias más pobres tienen rezago en el nivel primario y el 50%, en el nivel secundario. El 23% repitió algún grado durante la primaria y el 38%, en el nivel secundario. El 60% deja el secundario, sólo 2 de cada 10 que ingresan a la Universidad terminan y el 64% de la fuerza de trabajo no completó la secundaria.

En la provincia de Buenos Aires, y según cifras oficiales, hay unos 35 mil chicos de entre 6 y 14 años que nunca han llegado a iniciar sus estudios básicos. En el Polimodal, ciclo siguiente a la Educación General Básica, casi 100 mil jóvenes no se inscribieron para cursarlo, mientras que en el año 2002 unos 38 mil alumnos lo abandonaron sin completarlo. En algunas escuelas bonaerenses se ha constatado que entre el 80% y el 100% de los alumnos provienen de familias con necesidades básicas insatisfechas, una realidad que dificulta la retención escolar.

Deuda Externa: De 1996 a 1972, gobiernos de facto de Onganía, Levingston y Lanuse la deuda aumentó un 46% – de 3.276 millones de dólares a 4.800.
De 1973 a 1975 – Cámpora/Perón – Isabel Martínez de Perón aumentó 62% – de 4.800 a 7.800 millones de dólares.
De 1976 a 1983, gobiernos de facto de Videla, Viola, Galtieri y Bignone aumentó el 364%- de 7.800 a 45.100 millones de dólares.
De 1984 a 1988, gobierno de Alfonsín aumentó el 44% – de 45.100 a 58.700 millones de dólares.
De 1989 a 1999, gobierno de Menem aumentó el 123% – de 58.700 a 146.219 millones de dólares.
En 1999 a 2001, gobierno de De la Rúa aumentó el 9% – 146.219 a 180.000 millones de dólares.
Cada argentino debía al 2001, 3.800 dólares.

Nuestro territorio: Una superficie que supera las 31 millones de hectáreas, es decir, algo más que la provincia de Buenos Aires o Italia, corre el riesgo de quedar en manos de capitales extranjeros, ya que esas tierras fueron vendidas, están en venta o hipotecadas, según una investigación periodística conocida el miércoles por la noche según una investigación fue realizada por el programa “Telenoche Investiga”, de Canal 13.

Esta es nuestra realidad, esta es la herencia que dejaremos. Es muy probable que no fuera esta la sociedad que soñaron nuestros abuelos, nuestros padres ni nosotros, pero es real que desde el gobierno militar de facto, más tristemente célebre por su genocidio, ha sido el punto de partida par un cambio profundo de nuestra sociedad, el hombre ha producido una transformación.

* Cabildo Ciudadela –

Revisión del texto por Tania Fernández para Ecoportal.

Fuente: Ecoportal

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