La tragedia griega y las leyes draconianas

nuevatribuna.es | Orencio Osuna |03 Noviembre 2011 – 18:49 h.

A esta altura de los acontecimientos no sabemos si el anuncio de Papandreu de convocar un referéndum sobre el llamado plan de rescate (que parece más bien el abrazo del oso que asfixia al que lo recibe) acabará siendo el talón de Aquiles del sagrado euro o, más bien, un Tamayazo a la griega (comprando unos cuantos diputados del Pasok por cuatro duros, asunto acabado).

Por lo pronto la gigantesca tormenta que ha desatado el anuncio -¡el mero anuncio¡- de que Papandreu convocará un referendo sobre si los ciudadanos griegos aceptan o no el dictado categórico de los dioses del Olimpo europeo, tiene visos de convertirse en un “remake” de las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides. Al fin al cabo el escenario de la neotragedia griega que, al parecer, acarreará males apocalípticos sin cuento a las dolientes multitudes europeas (y del mundo entero), se produce en las legendarias tierras que vieron nacer la tragedia, el drama, la comedia, la mímesis y la catarsis. Como Edipo, nuestros competentes y honradísimos gobernantes europeos se arrancan los ojos y se desgarran las vestiduras al ver el nefando pecado que pretenden los paupérrimos descendientes de Homero: nada más y nada menos que hacer uso del “gobierno de los más”, que decía Aristóteles para denominar la democracia. ¡Qué se habrán creído esos vagos que se pasan el día en los bares poniéndose moraos de musaka y feta, bebiendo retsina y bailando el sirtaki en la plaza de Sintagma¡

El hogar de los actuales dioses que nos gobiernan ya no está en el desvencijado monte Olimpo, sino en una morada más ubicua y líquida -como diría Bauman- llamado Mercado, del que nadie sabe su dirección, ni su DNI, ni su domicilio fiscal, ni si paga el IBI a los gallardones de este mundo. La nueva sede social de los poderosos es un no lugar -una ciudad invisible como las creadas por Italo Calvino- que nadie sabe dónde está, ni dónde buscarla. Aunque puede que algunos héroes dotados de poderes paranormales puedan atisbarla en un sitio a medio camino entre Wall Street, la City, las mansiones secretas de los oligarcas, los lujuriosos hoteles exclusivos de los plutócratas, los rolls royces, los superlujosos jet y yates que desplazan por tierra mar y aire a esos amos del universo y sus mesnadas de expertos y consultores.También se podrían localizar en esas cumbres que cada dos por tres los reúne en el G-20,el G-8+1, el Ecofin, en Davos, en el club Bilderberg, en la montería en el rancho de Murdoch en la Patagonia o en la última orgía de Villa Certosa.

El vodevil global que se despliega ante los estupefactos ojos de los ciudadanos supone una readaptación mundial de la “Escopeta Nacional” de Berlanga, en el que los personajes de Sazatornil, López Vázquez, Luis Escobar o Bárbara Rey han sido sustituidos por actores de la categoría de Merkel, Sarkozy, Berlusconi, Cameron, Obama, Putin y Jintao y un elenco sin par de figurantes y secundarios. La trama experimenta algunos retoques, eso sí, porque en vez de vender porteros automáticos a los españolitos de a pie, lo que se urde en la nueva versión es un objetivo mucho más ambicioso y complejo ya que se trata nada más ni nada menos que de trincarse el estado de bienestar entero y verdadero, que para eso es una costosísima superproducción de Hollywood en 3-D y no se pueden andar con chiquitas.

Pero, en verdad, el Panteón de los miembros de los míticos Mercados es secreto e inaccesible para los mortales. No estamos seguros de cuáles son sus nombres, ni sus oficios, ni sus poderes. Los antiguos griegos sabían que Zeus era el jefe máximo del tinglado, que Dionisio se encargaba de la fiesta, Ares de la guerra o Afrodita del amor. Pero a día de hoy es difícil saber si aquí manda Merkel o Goldman Sachs, USA o Israel, el FMI o la ONU, Sarkozi o su bella esposa, Berlusconi o su velina preferida, Cameron o News of the Word, nuestros coterráneos Botín o Paco González, Apple o Microsoft, Pocoyó o el Pato Donald, la jueza Murillo o las garantías procesales. Hoy los nuevos dioses se cubren con una densa e impenetrable niebla fabricada por políticos venales, expertos mercenarios dispuestos a todo por una buena soldada, fondos de inversión sin rostro que se camuflan tras los medios de información y propaganda, y ,por supuesto, mucho panen et circenses, mucho Entertainment como opio del adormecido pueblo. Las caras de los que ejercen como sus ventrílocuos, intérpretes, glosadores, exégetas, hagiógrafos, spin doctors y demás lacayos, ocultan el rostro y los nombres de esos dioses que no quieren mostrarse. Quizás como una elemental medida de seguridad ante la eventualidad de que algún día la chusma los busquen para partirles la cara.

En tragedia clásica se repite siempre la misma sustancia: cuenta la lucha de los mortales contra un destino inapelable, así como el choque entre la voluntad de los humanos mortales con el poder, las pasiones y los dioses. Los autores de las tragedias clásicas griegas han pervivido en la cultura universal porque supieron recoger la memoria de los conflictos y los sentimientos del ser humano de todos los tiempos. Cuando hoy leemos o vemos representados a Medea u Orestes, a Edipo o Electra, a Hécuba o Antígona, sentimos que no estamos ante una reliquia obsoleta del pasado sino ante algo vivo y didáctico, algo que nos remite a lo imperecedero. La rebelión que supone que los ciudadanos griegos voten libremente sobre sus destino resulta un desafío y una osadía inaceptable para esos mandamases que sólo admiten el sometimiento a sus inflexibles leyes de los Mercados y la genuflexión a ante su fanática obsesión por el llamado “riesgo moral” y demás baratijas de la ideología ultraliberal. Mucha palabrería y una jerga pseudo técnica (default, CDS, warrants, diferencial de la deuda, ajuste fiscal, recortes, subprimes, déficit, equilibrio presupuestario,emisión de deuda, stock option, bonus) que, en realidad, sólo pretende ocultar la codicia insaciable del quebrado sistema financiero y poder seguir amasando “riqueza financiera”arrebatándosela a las conquistas sociales. ¡Que tiemblen aquellos temerarios que osen oponerse a la voluntad de de los señores de los Mercados porque sólo conseguirán más dolor y pobreza!

El tema es para acojonarse, pero si nos atenemos a la tradición de la tragedia clásica las represalias de nuestros nuevos dioses contra los rebeldes griegos (y contra, si se llaman a andana, los portugueses, irlandeses, italianos y españoles, cuando corresponda procesalmente) pueden dejar en un juego de kidergarden las atroces torturas que propinaban los antiguos olímpicos a los que no acataban sus deseos. A Prometeo lo encadenó Zeus a una montaña para que un águila le devorase el hígado que volvía a crecer y a ser devorado día tras día, como castigo por haber robado el fuego a los dioses y entregárselo a los mortales. A Sísifo a empujar eternamente una roca a la cima de una montaña para verla caer de nuevo a su lugar de partida y todo ello porque se chivó de que Zeus había secuestrado a la bella Aegina. A Tántalo a estar para siempre sumergido en un lago con el agua hasta la barbilla bajo un árbol de frutas que era retirado cada vez que tenía sed o hambre y todo por haber robado de la mesa de los dioses néctar y ambrosía y regalárselo a sus amigotes humanos. Pues bien, hoy la condena es menos metafórica y más pedestres, pero no menos atroz y despiadada: nos niegan el pan y la sal de las pensiones, de la sanidad, de la educación, de la igualdad, de la justicia, de la solidaridad, de la democracia, de la cultura, de cualquier horizonte de progreso individual y colectivo.

Como decía Tolstoi en su Ana Karenina todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera. Así si los griegos son infelices en la Gran Recesión a su manera, aquí, en la entrañable piel de toro, la infelicidad de los españoles se produce sin un plan de rescate-todavía- pero sí por las consecuencia de la orden del Dúo Dinámico de la UE emitida en un oprobioso día de mayo del año pasado. Ni el llamado ajuste fiscal (es decir la reducción del gasto público), ni la reforma del mercado laboral (lo que viene siendo el abaratamiento del despido), ni las apelaciones a apretarse el cinturón (en roman paladino, bajar los sueldos), ni las reformas constitucionales a la remanguillé, ni la gobernanza a base de recetas ultraliberales salidas de los laboratorios de gran coalición instaurada por el PSOE/PP/CiU/IBEX 35, están impidiendo que crezca estratosféricamente el desempleo , la actividad económica se hunda en una sima más y más profunda y que las instituciones y las élites dominantes pierdan legitimidad social a la misma velocidad que demuestran su incompetencia y su sometimiento a los dioses del Mercado.

Estamos ante una degradación de la democracia que ha derivado hacia que un proceso electoral democrático como el 20-N, parezca ante la opinión pública como un mero trámite sin importancia para que Don Mariano tome el poder y resuelva de una vez por todas el asunto que nos preocupa. De seguir así pronto los ciudadanos podrán delegar su voto en las sucursales bancarias de las que sean tributarios o en las instalaciones habilitadas ad hoc por la CEOE, la CEPYME y la Cámara de Comercio. Ítem mas, ni siquiera sería preciso tanta complicación puesto que con que los IBEX 35 se reuniesen en cónclave unas horas, la cosa estaría resuelta en un periquete. Eso sí, el pequeño coste de ese aquelarre debería ser sufragado por la cesión gratuita del Palacio de Gallardón y el catering del evento (como en la visita del Papa B 16) seguro que lo sufragarían a escote el hostelero Arturo Fernández, el genial creador del universal Pocoyó y la junta directiva del Real Madrid.

Lo que Llamazares ha denominado “el golpe de los mercados” ha devenido, en vez de una reformar del capitalismo de casino que llegó a pedir uno de los componentes del Dúo Dinámico, en posmoderno estado de excepción basado en leyes draconianas. No en vano las leyes draconianas que imperaban en la antigua Atenas condenaban a que cualquier deudor cuyo estatus fuera inferior al de su acreedor fuese convertido en esclavo. El castigo según esas severísimas leyes, por supuesto, era más leve para los que debían a alguien de clase inferior a ellos. Una injusta condena ante la que no cabe más que la rebelión democrática o sucumbir a un oscuro futuro de barbarie y violencia.

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Fuente: nuevatribuna
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